MI ABUELA LUCIA

Desgraciadamente no tuve la suerte de conocer a la madre de mi madre, ya que esta tuvo la terrible desdicha de perderla cuando contaba tres años. Sin embargo, conservo entrañables recuerdos de mi abuela Lucía, la madre de mi padre. Iba a verla casi todos los días y siempre me recibía con su dulce sonrisa y un cariñoso abrazo. La casa de la calle Real olía de manera inconfundible, ya que echaba en el brasero mondas de manzana que producían un característico y agradable aroma. La recuerdo sentada en su silla de la galería que daba a La Marina, repasando ropa y zurciendo calcetines, valiéndose de la bola de madera que llamábamos huevo de zurcir. Félix Cueto, amigo de mi hija, decía que toda casa con buenos cimientos tenía que tener un huevo de zurcir.

Los domingos, me obsequiaba con un real (25 céntimos) que me alcanzaban para comprar un enorme pirulí y para ver la película que ponían los Tomasinos en un local, con unas sillas plegables de quita y pon, que estaba en el bajo de la casa de Cornide, frente a la Colegiata, en la Ciudad Vieja. Cuando el chico cabalgaba en su veloz caballo blanco en pos de los malísimos, lo animábamos con gritos y patadas en aquel suelo de madera, haciendo un ruido insoportable y levantando una densa polvareda, momento de emoción que aprovechaban las frenéticas pulgas para buscar mejor cobijo en nuestros cuerpos.

Nos contaba encantadoras historias de su niñez en Vitoria. Se había casado a los 17 años con Andrés Arrieta, pero enviudó a los dos meses de su matrimonio. Sin embargo, tuvo un hijo póstumo, llamado también Andrés. Por su estado civil, no salía de casa, y nos solía decir que imagináramos a una viuda jugando a la mariola en el pasillo de casa….con solo 17 años. Pasado el tiempo reglamentario, salió el jueves santo a visitar iglesias, trayéndose tras sí a tres pretendientes. Al que le echó el ojo fue a Julio Verdejo, que después de un casto noviazgo epistolar, se casó con ella. Yo no lo conocí, ya que falleció dejando a sus hijos en la adolescencia, pero habiendo sido un verdadero padre para el niño que su mujer aportó al matrimonio.

Me dejaba hurgar en sus cajas y cajones, donde guardaba sus entrañables recuerdos. Su estuche de terciopelo azul…, donde conservaba los quevedos y una corbata de pajarita de mi abuelo, también tenía una carta que le envió mi padre desde Madrid dándole la grata noticia de que había aprobado las oposiciones. Sólo salía en contadas ocasiones, y sus hijos la adoraban tanto como sus nietos.

Era tan condescendiente que cuando me empeñaba en  aporrear su piano sin saber lo que era una escala musical y produciendo un ruido indescriptible, ella me decía: “Tocas muy bien”, en un intencionado intento de proporcionarme seguridad y cariño. Lo mismo que yo misma, que ahora también soy abuela, trato de transmitir a mis nietos con las anécdotas e historias que les cuento. Quizá para compensarme, mi nieta Lucía me ha propuesto un plan la mar de apetecible. “Abuela, te voy a enseñar a montar en monopatín. Está chupado”. A mis 84 años esto es muy gratificante.

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3 respuestas a MI ABUELA LUCIA

  1. marisa dijo:

    Qué abuelita de cuento. La verdad es que creo que todas las abuelas son así. Maravillosas.
    Un abrazo Luchita,me encanta tu blog

  2. Lucia Verdejo Lopez-Cardalda dijo:

    Abuelita de verdad que puedes montar en monopatin, nooooooooooo te va a pasar nada mileeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeees de beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeesos LUCIA TU NIETA.

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