LAVANDERAS

Las que vivimos con anterioridad a la invención de la lavadora no entendemos como todavía no le han dado el premio Nobel varias veces a su inventor, ni la razón por la que ningún Papa ha beatificado a su venerable creador. Y es que recuerdo aún con estremecimiento las manos moradas y destrozadas por los sabañones reventados de las lavanderas, esas mujeres que venían a nuestras casas en busca de la colada diaria, una circunstancia que hoy nos sacudiría las conciencias, pero que entonces lo asumíamos con la mayor naturalidad del mundo.
La cantidad de ropa para lavar era considerable, en la medida que abundaban las familias numerosas. La que no podía asumir la criada en la propia casa, era entregada a las lavanderas, junto con el correspondiente trozo de jabón, adquirido al por menor y en barras de 40 centímetros en casa Pepe (amarillo para lavar y verde para fregar), ultramarinos situado en la esquina donde estuvo la cafetería Oslo (Marcial del Adalid con Pardo Bazán). El edificio entero lo construyó en su día Taboada, un hombre de gran mérito y cuya entrañable hija Rosalía me cuenta aún hoy como su padre empezó trabajando en la cantera de Dequit (hoy plaza del Libro), después en la construcción, para poder comprar posteriormente el solar para construirlo. Después continuó con el del número 11, después el 13 (mi propia casa), el 15 y así hasta el 19, es decir, prácticamente todo Marcial del Adalid.

Después de anotar con minuciosidad la clase y número de piezas entregadas, estas heroicas mujeres las introducían en el pesado cesto que subían a los pisos sobre sus cabezas, para después descargarlos sobre los lomos de los burros que dirigían al gélido río para iniciar su dura labor, de rodillas, sobre cualquier piedra lisa de la orilla. Una vez lavada, tendida y seca, era devuelta después de una semana y de la misma forma a los hogares, donde la señora comprobaba que nada faltara para pagar los servicios.

La primera lavadora que recuerdo en una casa de nuestro entorno, fue la de mi hermana Amparo, era de la casa Ruton. Sólo daba vueltas, sus visibles aspas sacudían la ropa antes de desaguar, y fue el inicio de que las lavanderas empezaran a dejar su penoso trabajo, aunque quizá, también su único sustento. La coletilla “Que trabaje Ruton” se extendió después en todos los hogares en alusión al reclamo de la publicidad que utilizaron los vendedores de esas mágicas primeras máquinas de lavar.

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2 respuestas a LAVANDERAS

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