DESDICHADAS COSTURERAS

Allá por los años 30, y aún pasando las estrecheces de la postguerra, las familias que podían permitírselo disponían de los tan necesarios servicios de una costurera. Las pobres, acudían diariamente a la ciudad desde las aldeas vecinas a cambio de un miserable salario. Unas, las que venían de más lejos (Oleiros, Cambre, Bergondo, …), venían en autobús, y las de más cerca (Los Castros, Eirís, …) lo hacían caminando, pero todas las que acudían a casas donde no había máquina de coser, trasportaban sobre su cabeza la suya propia hasta llegar a sus puestos de labor, en un caminar pesado y fatigoso, valiéndose de la débil luz de un modesto candil de petróleo para atravesar el oscuro anochecer.
Era habitual que su larga jornada diaria (hasta 14 horas), y entre muchas otras tareas, se dedicaran a arreglar la ropa de un hermanos para otros, hacer sábanas, calzoncillos y camisas, y los remiendos inevitables en rodillas y codos. Salvo en el caso de las familias numerosas y con más hijos (recuerdo a nuestros allegados los Cobián, los García e Dios y o los del Moral), había otras muchas familias que solían compartir los servicios de costurera. Mi suegra, Mercedes Abella Sanjurjo, lo hacía con la familia de Encarna Aguado, esposa de Antonio del Moral. Eran vecinas de María Pita y la Ciudad Vieja y muy amigas. La primera la tenía los lunes, martes y miércoles. La segunda, los jueves, viernes y sábados. Ambas me contaban que para mejorar su sustento, era costumbre que todo el mundo les diera al final de sus jornadas un huevo fresco y una mincha de pan. Algunas, llegaban a ayunar durante doce días esta aportación hasta reunir una docena de huevos, que volvían a empaquetar y a traer a las casas con la intención de venderlos como huevos recién puestos en los corrales de sus humildes casas. Las señoras hacían la vista gorda a tal circunstancia y hacían que se los quedaban, aunque con disimulo los tiraran a la basura.
Tal era la mísera vida de postguerra y la triste vida de estas pobres desgraciadas. María Pontón, la costurera que compartía mi suegra, aún era de las privilegiadas, ya que vivía de prestado en una buhardilla, aunque sin agua, ni luz. La pobre tenía sin embargo que sufrir encima las gamberradas de mis cinco cuñados varones (llegarían después a ser 13 hermanos). “¡¡Doña Mercedeeeees!! ¡¡Ya vuelven sus hijos a hacerme las mil y una!!”. “María, ya voy”, respondía pacientemente mi suegra. “¡!Es que ahora también es Carlitos!!” replicaba la pobre María cuando comprobaba que el más formal de los hermanos se sumaba a las trastadas ideadas por los más mayores.
María Pontón tenía un hermano en América. En una ocasión recibió unas medias de nylon que este le envió desde allí. Las trajo a casa y las enseñó orgullosa: “Doña Mercedes, mire las medias de nilón que mi hermano me envió de Juasintón

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2 respuestas a DESDICHADAS COSTURERAS

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