LAS CRIADAS

Las empleadas de hogar de mi época eran habitualmente llamadas “criadas”, supongo que porque empezaban a trabajar analfabetas y en la adolescencia, y lo poco que aprendían en la vida lo hacían ya en las casas para las que trabajaban. Muchas envejecían con las familias y cuando enfermaban, mayores o sin fuerzas, desaparecían. Se iban, ya caducas,  yo que sé a donde, pero desaparecían de nuestras vidas.

Por un mísero sueldo trabajaban de sol a sol y apenas dormían. Mi madre descubrió a una que hasta se ataba la trenza a los barrotes de la cama para no quedarse dormida. Preparaban los desayunos y limpiaban la casa, los cristales, cepillaban el suelo y pulían la madera con un cepillo de púas. Recuerdo como bajaban a determinada hora la basura en unos cubos de zink limpios y brillantes a la esquina, y junto con otras esperaban al camión, que avisaba con un silbato. Iban a la plaza generalmente con la señora de la casa, porque ellas no entendían de precios, llevaban un cesto enorme colgado del brazo, con dos tapaderas. Llegadas a casa empezaba la comida, servir la mesa, fregar todo. Por la tarde el suplicio de la plancha, que era enorme y pesadísima, de brasas (luego vinieron unas más modernas, de hierro, que se ya calentaban en la cocina bilbaína. Mi madre casi tenía que obligarlas a descansar, y las trató con familiaridad, consideración y cariño.  Siempre comieron el mismo menú que el resto de nosotros, circunstancia que por desgracia no era muy habitual en otras casas. Yo mismo tengo el buen recuerdo de enseñar a leer y escribir a dos de las que trabajaron para nosotros y a una, hasta coser a máquina.  Pero visto con la perspectiva actual, eran unas pobres esclavas, pero también me duele comprobar como hoy en día tratan, quizá los que nunca tuvieron servicio doméstico, a las hoy llamadas asistentas de hogar, aunque afortunadamente gocen de una mejor existencia que las de antes.

Nuestra querida Carmen, estuvo con nosotros más de 50 años. La aseguramos cuando le fue otorgado ese derecho. Ahorró toda su vida su asignación y ya de muy mayor pudo comprarse un piso en la calle de La Torre. Después falleció en la residencia del Padre Rubinos, donde íbamos regularmente a visitarla y a llevarla a comer a nuestra casa. Creo que fue feliz y muy querida mientras estuvo con nosotros. Fue incluso premiada con una medalla que le impuso el Instituto de Previsión para aquellas que llevaban más de esos años en la misma casa. En la entrega, recuerdo también a la que trabajó en casa de los Fernández Obanza, saga de médicos y buenos amigos.

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