OFICIOS Y GREMIOS OLVIDADOS

“¡El mieleroooo!” “¡A la rica miel de la Alcarria!”, gritaba aquel hombre que unas dos veces al año venía con su extraña bata azul, propia quizá de otros lares, y un gran puchero de barro colgado al hombro a ofrecer por las calles su rico manjar. Eran los años 40 y la gente bajaba de sus casas con los pertinentes recipientes que el mielero rellenaba con un cucharón de madera antes de pesarlos en su báscula romana. ¡Cuantas meriendas recuerdo a base de esta miel y cuantos catarros aliviamos mezclándola con zumo de limón!

Y para desayunar, churros. Con su blanco e impoluto mandilón una mujer recorría todas las mañanas la vía pública despertando la glotonería de los vecinos que la advertían. No paraba de vocear: “¡la chureeraaa!” “¡llevo churros calentitos!”. “Con o sin azúcar” preguntaba previo a endulzar el cucurucho repleto de churros que antes habían sido fritos en su propia casa.

Recuerdo también al afilador y paragüero, con su rueda de afilar y el sonoro chiflo. Reparaba las varillas rotas de los paraguas, afilaba cuchillos y remachaba los agujeros del fondo de las ollas. Las vendedoras de minchas, en un puesto paupérrimo hecho por ellas mismas, en Santa Catalina. Los organilleros, que movían la manivela haciendo sonar una música para que bailoteara un mono, atado a una cadena, hasta que se le echaba una moneda por la ventana.

Los zapateros de antes eran verdaderos artistas. Hacían y arreglaban el calzado que pasaba de unos hermanos a otros. “¿Suela entera o media suela?”, preguntaban cuando tenían que reparar a mano los agujeros de los castigados zapatos. A los niños nos untaban la suela con un líquido, que llamábamos hierro líquido, para que se gastara menos y duraran más tiempo. También nos ponían unas chapas metálicas protectoras en la punta y en el tacón, cuestión que nos encantaba porque hacían un ruido característico y eran estupendas para bailar claqué. Jesús Bello fue el que trabajó en la calle Pintor Joaquín Vahamonde, un verdadero artesano de calzado ortopédico.

Otro personaje desaparecido de nuestras calles fue el Sereno. Después de las 12 de la noche, cuando todos los portales se cerraban, había que palmear y gritar: “¡Serenooo!”. Y este respondía en la lejanía “¡Vaa!”, batiendo su bastón sobre el pavimento. Se acercaba con su enorme manojo de llaves para abrirnos el portal. El que nos correspondía en la zona de Pardo Bazán, Marcial del Adalid, Federico Tapia, y Menéndez Pelayo, el bueno de Julio, le atacaron con un destornillador cuando trataba de evitar un robo, clavándoselo en la cabeza. Fue por esta cuestión de inseguridad por la que este gremio desapareció.

Los charlatanes, con una verborrea apabullante, engañaban por doquier a su público, que quedaba boquiabierto con sus mil trucos y artimañas. Uno de ellos, vendía una milagrosa pomada de piel de serpiente, que lo curaba todo; para hacer la demostración se hacía un corte para, acto seguido, aplicarse en la herida el espeso ungüento (huelga decir la habilidad del susodicho para simular el corte). El truco, hecho con gran destreza, hacía desaparecer la lesión, y por añadidura, toda su fraudulenta mercancía que se vendía hipso facto. A saber que efectos produjo en sus incautos clientes el tramposo remedio.

Como los que cazaban otros profesionales del timo. Los croupieres callejeros de los tres cubiletes y el dado mágico envitaban apuestas imposibles de perder y, con la colaboración de sus compinches camuflados como transeúntes comunes, se cebaban con los papanatas de turno, como con mis adolescentes tíos Julio y Vicente, a quienes les birlaron en una ocasión su paga semanal ganándose, eso sí, la consiguiente amonestación cuando llegaron a casa.

Otros, más honestos, subían a las casas. Los sufridos repartidores de carbón subían en sacos de arpillera más de 30 kilos del tan necesario mineral a la espalda. Me impresionaban sus caras y manos completamente negras y sus enrojecidos y fatigados ojos. Lo vaciaban en la carbonera de las cocinas, situada bajo del fregadero, cerca de la cocina bilbaína, fuente imprescindible de energía y calor en aquellos hogares. En aquellos años también nos llegaba el gas, que se usaba básicamente para cocinar. Venía desde unos enormes depósitos en la zona de Zalaeta y la calle Sol. Más de una vez se producían escapes provocando gran alarma social. Con muy buen criterio, quedó reemplazado para uso doméstico por la electricidad, que inicialmente distribuía Unión Eléctrica Coruñesa, sociedad propietaria del extraordinario Ramón Miñones, que terminó su vida vilmente fusilado en el campo de La Rata. Después de su muerte, su empresa se fusionó con Fenosa, dando lugar a la posterior Unión Fenosa, quien regaló a todos sus clientes unas cocinas eléctricas portátiles de dos fuegos.

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