TODO ERA PECADO

Mirábamos boquiabiertas al padre Gil, cuando nos señalaba desde el púlpito de la iglesia de los Jesuitas: “¡Tú, tú y tú! ¡Iréis al infierno a sufrir eternamente los atroces martirios del fuego que atiza Satanás!”. Y seguía: “¡Si os atrevéis a leer La Dama de las Camelias os expondréis a que os excomulgue en el acto!” “¡En ese bodrio sólo hay perversión, vileza y pecado!”

Teníamos unos 15 años y, ni que decir tiene, todas corrimos a leer la obra de Alejandro Dumas donde lo que más nos afectaba era que su protagonista, Margarita Gautier, muriera tuberculosa. Por los demás, la historia nos fascinaba.

Aún así, nuestro abandono debía ser reparado. Todas nuestras faltas las confesábamos interesadamente en Santa Lucía con el padre Avelino, ya que conocíamos su laxo carácter inquisidor que le llevaba a castigar mecánicamente con la misma pena a todos sus confesados, independientemente de cual fuera la culpa revelada. Mi amiga Lola Sellés, que era la más osada, nos dijo: “Niñas, yo voy la primera, a ver si me excomulga o me pone penitencia”. En vez de confesar su pecado, y sobre la marcha, se le ocurrió la loca idea de volver a tentar la muy popular moderación del sacerdote en sus juicios. Se arrodilló ante el confesionario y susurró: “Padre, … es que … maté a mi madre”. “Un padre nuestro y una salve”, escuchó en el acto. Encantadas, fuimos todas en tropel a confesarnos y a todas nos puso la misma pena. El padre Avelino era muy querido por todos, bautizó a mis dos hijos mayores, pero estoy convencida de que cuando se acomodaba en su pequeño cubículo se quedaba apaciblemente dormido, las confidencias le sobresaltaban, y a cualquier pecador le soltaba de forma inconsciente y mecánica el mismo correctivo, para luego volverse a sumergir en su apacible y plácido letargo.

Las señoritas de Acción Católica se situaban cada domingo a las puertas de la iglesia para impedir el paso a las que iban sin velo, en manga corta o sin medias. Su desconcierto fue mayúsculo cuando vinieron las de nylon, sin costura, que hacía más dificil apreciar si se llevaban o no. Muchas adolescentes dejábamos de ir a misa para irnos a la playa, no sin antes echar un vistazo para ver el color de la casulla que vestía el cura, ya que mi madre me lo preguntaba como prueba fehaciente de haber cumplido con el inexcusable compromiso eclesiástico.

La semana santa era aburridísima, íbamos a las procesiones, a visitar iglesias, en la radio sólo sonaban marchas militares, en el cine películas de santos mártires. Si se quería ir mas allá del Puente del Pasaje, tenías que pedir un permiso especial a tu Parroquia, no recuerdo la razón ni el por qué, pero así era.

Otra cosa inexplicable era la bula. Era un arbitrio que tenía que pagar quien quisiera comer carne en viernes santo. La Parroquia distribuía un papel de color amarillo que permitía saltarse el ayuno a quien abonase el cánon.. Francamente, o la Iglesia estaba en Babia o no quería enterarse; muchas casas no podían ni siquiera permitirse comer carne ningún día del año, menos aún en tan señalada fecha y, todavía menos, pagando un sobrecoste.

Una vez al mes, una metódica monja nos dejaba en casa durante dos o tres días la capilla del Sagrado Corazón, un pequeño armarito con puertas de cristal que se abrían para encomendarse a tal eminente visitante. De paso, se depositaban en la ranura de su base unas monedas que servían piadosa ofrenda. Esto duró poco, ya que cuando la sagrada vitrina era recogida en las casas con mayores precariedades, lo hacía con un peso sensiblemente menor, una vez que expertas manos la hubieran profanado para extraer de su interior el preciado contenido.

Los trajes de baño eran un drama. Llegaban hasta la rodilla y aplastaban terriblemente el pecho; estaban hechos de una gordísima lana que pesaba una barbaridad y chorreaba agua durante un buen rato después del baño. Pero no había alternativa, íbamos todas horribles. No podíamos quitarnos el albornoz hasta justo el momento de entrar en el agua. La playa estaba dividida por una gruesa cuerda, que delimitaba de un lado el sexo femenino, y de otro el masculino, con la singularidad de que los matrimonios se sentaban cuerda por medio, no fuera ser que no estuvieran casados.

La censura era tal, que recuerdo que en una ocasión vino una compañía de revistas que colgó carteles con la imagen de una vedette con el estómago al aire. Serrano Castilla, Delegado provincial de Información y Turismo, hizo pintar de negro el estómago de la anunciada vedette en toda la cartelería y, ya en la función, hizo atar a la artista un pañuelo alrededor del pecaminoso y provocador estómago.

He de decir que tuve la suerte de superar felizmente estos reprimidos tiempos y llegar a mi madurez “normalita”, aún habiendo pertenecido a la generación engañada. He tenido también la enorme fortuna de haber vivido en un hogar ejemplar, faltándome días de mi vida para dar gracias por los padres que tuve.

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Una respuesta a TODO ERA PECADO

  1. Maite dijo:

    Años más tarde y bién entrados los cincuenta, en la playa de Riazor pasaba el municipal y nos gritaba ¡cúbranse !
    Cuando con el novio estábamos en los jardines Mendez Nuñez para podernos dar un “pico” como dicen ahora, pasaba el municipal y nos gritaba ¡sepárense!
    Cuando bailábamos y nos arrimábamos demasiado, allí estaba el cura en el púlpito ¡Pecadoras! ¡Al infierno!.
    ¡Horrible!

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