JUEGOS DE NIÑOS

Me pasé gran parte de mi niñez jugando en la Plaza de Vigo. Os podréis imaginar cuantas Plazas de Vigo diferentes he visto (creo que cinco, al menos). La primera, al no existir el garaje subterráneo, tenía una fuerte pendiente hasta Federico Tapia, que era salvada con una continuación de escaleras, que bajábamos como locas en bicicleta, y unas altas murallas desde las que inconscientemente nos precipitábamos después de santigüarnos y coger un fuerte impulso al grito de “¡¡ San José, si me mato me maté!!”. Eran los años 30, teníamos unos 10 años y todavía hoy no me explico como no nos partíamos todos los huesos con esos brutales pasatiempos.

Salvo los meses más crudos del invierno, bajábamos a jugar a diario un montón de amigas. Mis íntimas, las Sellés, bajaban conmigo, llevando todas la misma merienda, pan con una onza de chocolate El Viso embutido en la miga. Después, Lola Sellés decidía a qué jugábamos: a la cuerda, al escondite, al diabolo, a la mariola, o … a llamar a las casas con la aldaba. “¡¡¿Quiéén … ?!!”, oíamos en la lejanía, a lo que respondíamos eufóricas y al unísono “¡¡El rabo de la sartéen …!!”, a la vez que corríamos a trompicones para alejarnos de la escena.

Un día, Lola nos preguntó algo que nos sobrecogió. “¿Habéis visto alguna vez a un muerto?. ¿Cómo será?”. Una pregunta así de Lola era, sin duda alguna, preludio de acontecimientos inesperados.

Para ofrecer el duelo a los que fallecían, era costumbre en aquellos tiempos colocar una mesita en el portal donde vivían los familiares del difunto, para situar un crucifijo y una esquela, además de una pluma, su plumilla y un botecito de Pelikan para escribir el pésame. La mesa se cubría con faldas negras si el fallecido era un adulto y, con blancas, si se trataba de un menor.

En los últimos portales de Pardo Bazán, Lola localizó una de estas mesas, en esta ocasión, cubierta con faldas blancas para ofrecer el duelo a una pobre niña que no conocíamos de nada. Allí fuimos, estremecidas por la emoción. Subimos al piso, la puerta estaba abierta y vimos, por primera vez en nuestra vida, el cuerpo inerte de un ser humano. La familia, al comprobar nuestra presencia, nos rodeó y abrazó entre sollozos, tratando de consolarnos al creernos amigas de la pequeña. Todas nosotras también nos pusimos a llorar amargamente abrazadas a los familiares, contagiadas por la situación que nos había superado. Nos fuimos apenas sin hablar, pero todavía gimoteando e hipando a causa del disgusto.

Ya en la calle y una vez recompuestas, Lola nos dijo “Que bien hicimos ¿verdad? ¡qué contenta se puso la familia al vernos!”. Sus palabras contribuyeron a que todas sintiéramos una tranquilizadora paz interior al creer haber hecho una buena obra, y corrimos a contarlo en nuestras casas. Ni que decir tiene, no volvimos a intentar ver a ningún otro muerto más.

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LAS HUERTAS DE GARAS

Nací en Málaga en 1926, ciudad a la que viajó mi padre obedeciendo a su primer destino profesional como Jefe de Telégrafos. Mi abuelo ya ocupaba este puesto en La Coruña desde 1909, procedente de Vitoria. Posteriormente vivimos en Barcelona desde 1926 a 1935, en la céntrica calle Valencia.

Cuando mi padre volvió a La Coruña en 1935, su madre, ya viuda, vivía en la calle Real con sus tres hijas solteras, y nosotros nos instalamos en la zona que entonces se llamaba Huertas de Garás, más tarde el Ensanche. Alguien me recuerda aún hoy que por entonces, para mandarte a freir puñetas, se solía espetar: “Vete a bufar a Garás”, como si te mandaran al rincón más inhóspito del planeta. Efectivamente, casi todos eran solares en construcción. Estaban haciendo la Plaza de Vigo y urbanizando toda la zona. Yo venía de lo que era ya una gran ciudad con avenidas, movimiento, coches, comercios…, y todo aquello me decepcionó un poco. No obstante, me alegró mucho conocer que en los cinco pisos del número 13 de Marcial del Adalid, también vivían niños como nosotros.

Recuerdo que me dejaron ir al portal para ver como los obreros estaban pavimentando la calle con adoquines. Estaba pasmada, nunca había visto eso. En esto, pasaron cuatro niñas que se quedaron mirándome. Pronto supe que eran las Sellés, vecinas del segundo y que venían de Gijón. “¿Qué comes?” me preguntó Lola, que así se llamaba la mayor. “Una castaña pilonga, pero hay que rasparla con los dientes” le respondí, y ella siguió “Mi madre, no me deja comerlas porque dice que son madera, pero dame una para ver como sabe”. Así empezó mi fuerte amistad con Lola, Maria Ester, Tere y Chiti, cuyos padres y los míos también se hicieron íntimos amigos.

Vi así alzarse todos los edificios de los alrededores, con algún importante suceso. Cuando estaban haciendo el desmonte para la plaza de Vigo hubo un fatal y repentino corrimiento de tierras que sepultó a un obrero. Ya en 1927, la casa Barrié, que ocupa marcial del Adalid y parte de Linares Rivas y Federico Tapia, se había venido abajo cuando estaban haciendo la tercera planta.

Después de la construcción del edificio donde hoy está el Registro Civil y antes el cine Equitativa, se levantó el número 22 de Pardo Bazán, solar adquirido por José Vega, padre de mi querido amigo Benigno y  Pancho Díaz, padre de mi inolvidable amiga Pilar Díaz, viuda de Botas. Un conocido de ellos, los tachó de insensatos, por edificar en un descampado un solar que era “pura lata”. Sin embargo, ¡que visión de futuro tuvieron aquellos hombres!

A los pocos años la zona estaba irreconocible. Se construyeron edificios en todos los solares, el último en los años 50, que fue el del Instituto de Previsión, hoy Tesorería de la Seguridad Social. Ya vivíamos entonces en un sitio bonito y céntrico, aunque sin comercios, ya que bajos los ocupaban todavía carpinterías, almacenes, cines, etc. Si nos hacía falta un dedal, todavía teníamos que ir a los Juanitos, en la calle real. De estos primeros tiempos solo quedan en la zona, las hermanas Carmiña y Rosa María Carrasco y Victoria Quijano.

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TODO ERA PECADO

Mirábamos boquiabiertas al padre Gil, cuando nos señalaba desde el púlpito de la iglesia de los Jesuitas: “¡Tú, tú y tú! ¡Iréis al infierno a sufrir eternamente los atroces martirios del fuego que atiza Satanás!”. Y seguía: “¡Si os atrevéis a leer La Dama de las Camelias os expondréis a que os excomulgue en el acto!” “¡En ese bodrio sólo hay perversión, vileza y pecado!”

Teníamos unos 15 años y, ni que decir tiene, todas corrimos a leer la obra de Alejandro Dumas donde lo que más nos afectaba era que su protagonista, Margarita Gautier, muriera tuberculosa. Por los demás, la historia nos fascinaba.

Aún así, nuestro abandono debía ser reparado. Todas nuestras faltas las confesábamos interesadamente en Santa Lucía con el padre Avelino, ya que conocíamos su laxo carácter inquisidor que le llevaba a castigar mecánicamente con la misma pena a todos sus confesados, independientemente de cual fuera la culpa revelada. Mi amiga Lola Sellés, que era la más osada, nos dijo: “Niñas, yo voy la primera, a ver si me excomulga o me pone penitencia”. En vez de confesar su pecado, y sobre la marcha, se le ocurrió la loca idea de volver a tentar la muy popular moderación del sacerdote en sus juicios. Se arrodilló ante el confesionario y susurró: “Padre, … es que … maté a mi madre”. “Un padre nuestro y una salve”, escuchó en el acto. Encantadas, fuimos todas en tropel a confesarnos y a todas nos puso la misma pena. El padre Avelino era muy querido por todos, bautizó a mis dos hijos mayores, pero estoy convencida de que cuando se acomodaba en su pequeño cubículo se quedaba apaciblemente dormido, las confidencias le sobresaltaban, y a cualquier pecador le soltaba de forma inconsciente y mecánica el mismo correctivo, para luego volverse a sumergir en su apacible y plácido letargo.

Las señoritas de Acción Católica se situaban cada domingo a las puertas de la iglesia para impedir el paso a las que iban sin velo, en manga corta o sin medias. Su desconcierto fue mayúsculo cuando vinieron las de nylon, sin costura, que hacía más dificil apreciar si se llevaban o no. Muchas adolescentes dejábamos de ir a misa para irnos a la playa, no sin antes echar un vistazo para ver el color de la casulla que vestía el cura, ya que mi madre me lo preguntaba como prueba fehaciente de haber cumplido con el inexcusable compromiso eclesiástico.

La semana santa era aburridísima, íbamos a las procesiones, a visitar iglesias, en la radio sólo sonaban marchas militares, en el cine películas de santos mártires. Si se quería ir mas allá del Puente del Pasaje, tenías que pedir un permiso especial a tu Parroquia, no recuerdo la razón ni el por qué, pero así era.

Otra cosa inexplicable era la bula. Era un arbitrio que tenía que pagar quien quisiera comer carne en viernes santo. La Parroquia distribuía un papel de color amarillo que permitía saltarse el ayuno a quien abonase el cánon.. Francamente, o la Iglesia estaba en Babia o no quería enterarse; muchas casas no podían ni siquiera permitirse comer carne ningún día del año, menos aún en tan señalada fecha y, todavía menos, pagando un sobrecoste.

Una vez al mes, una metódica monja nos dejaba en casa durante dos o tres días la capilla del Sagrado Corazón, un pequeño armarito con puertas de cristal que se abrían para encomendarse a tal eminente visitante. De paso, se depositaban en la ranura de su base unas monedas que servían piadosa ofrenda. Esto duró poco, ya que cuando la sagrada vitrina era recogida en las casas con mayores precariedades, lo hacía con un peso sensiblemente menor, una vez que expertas manos la hubieran profanado para extraer de su interior el preciado contenido.

Los trajes de baño eran un drama. Llegaban hasta la rodilla y aplastaban terriblemente el pecho; estaban hechos de una gordísima lana que pesaba una barbaridad y chorreaba agua durante un buen rato después del baño. Pero no había alternativa, íbamos todas horribles. No podíamos quitarnos el albornoz hasta justo el momento de entrar en el agua. La playa estaba dividida por una gruesa cuerda, que delimitaba de un lado el sexo femenino, y de otro el masculino, con la singularidad de que los matrimonios se sentaban cuerda por medio, no fuera ser que no estuvieran casados.

La censura era tal, que recuerdo que en una ocasión vino una compañía de revistas que colgó carteles con la imagen de una vedette con el estómago al aire. Serrano Castilla, Delegado provincial de Información y Turismo, hizo pintar de negro el estómago de la anunciada vedette en toda la cartelería y, ya en la función, hizo atar a la artista un pañuelo alrededor del pecaminoso y provocador estómago.

He de decir que tuve la suerte de superar felizmente estos reprimidos tiempos y llegar a mi madurez “normalita”, aún habiendo pertenecido a la generación engañada. He tenido también la enorme fortuna de haber vivido en un hogar ejemplar, faltándome días de mi vida para dar gracias por los padres que tuve.

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OFICIOS Y GREMIOS OLVIDADOS

“¡El mieleroooo!” “¡A la rica miel de la Alcarria!”, gritaba aquel hombre que unas dos veces al año venía con su extraña bata azul, propia quizá de otros lares, y un gran puchero de barro colgado al hombro a ofrecer por las calles su rico manjar. Eran los años 40 y la gente bajaba de sus casas con los pertinentes recipientes que el mielero rellenaba con un cucharón de madera antes de pesarlos en su báscula romana. ¡Cuantas meriendas recuerdo a base de esta miel y cuantos catarros aliviamos mezclándola con zumo de limón!

Y para desayunar, churros. Con su blanco e impoluto mandilón una mujer recorría todas las mañanas la vía pública despertando la glotonería de los vecinos que la advertían. No paraba de vocear: “¡la chureeraaa!” “¡llevo churros calentitos!”. “Con o sin azúcar” preguntaba previo a endulzar el cucurucho repleto de churros que antes habían sido fritos en su propia casa.

Recuerdo también al afilador y paragüero, con su rueda de afilar y el sonoro chiflo. Reparaba las varillas rotas de los paraguas, afilaba cuchillos y remachaba los agujeros del fondo de las ollas. Las vendedoras de minchas, en un puesto paupérrimo hecho por ellas mismas, en Santa Catalina. Los organilleros, que movían la manivela haciendo sonar una música para que bailoteara un mono, atado a una cadena, hasta que se le echaba una moneda por la ventana.

Los zapateros de antes eran verdaderos artistas. Hacían y arreglaban el calzado que pasaba de unos hermanos a otros. “¿Suela entera o media suela?”, preguntaban cuando tenían que reparar a mano los agujeros de los castigados zapatos. A los niños nos untaban la suela con un líquido, que llamábamos hierro líquido, para que se gastara menos y duraran más tiempo. También nos ponían unas chapas metálicas protectoras en la punta y en el tacón, cuestión que nos encantaba porque hacían un ruido característico y eran estupendas para bailar claqué. Jesús Bello fue el que trabajó en la calle Pintor Joaquín Vahamonde, un verdadero artesano de calzado ortopédico.

Otro personaje desaparecido de nuestras calles fue el Sereno. Después de las 12 de la noche, cuando todos los portales se cerraban, había que palmear y gritar: “¡Serenooo!”. Y este respondía en la lejanía “¡Vaa!”, batiendo su bastón sobre el pavimento. Se acercaba con su enorme manojo de llaves para abrirnos el portal. El que nos correspondía en la zona de Pardo Bazán, Marcial del Adalid, Federico Tapia, y Menéndez Pelayo, el bueno de Julio, le atacaron con un destornillador cuando trataba de evitar un robo, clavándoselo en la cabeza. Fue por esta cuestión de inseguridad por la que este gremio desapareció.

Los charlatanes, con una verborrea apabullante, engañaban por doquier a su público, que quedaba boquiabierto con sus mil trucos y artimañas. Uno de ellos, vendía una milagrosa pomada de piel de serpiente, que lo curaba todo; para hacer la demostración se hacía un corte para, acto seguido, aplicarse en la herida el espeso ungüento (huelga decir la habilidad del susodicho para simular el corte). El truco, hecho con gran destreza, hacía desaparecer la lesión, y por añadidura, toda su fraudulenta mercancía que se vendía hipso facto. A saber que efectos produjo en sus incautos clientes el tramposo remedio.

Como los que cazaban otros profesionales del timo. Los croupieres callejeros de los tres cubiletes y el dado mágico envitaban apuestas imposibles de perder y, con la colaboración de sus compinches camuflados como transeúntes comunes, se cebaban con los papanatas de turno, como con mis adolescentes tíos Julio y Vicente, a quienes les birlaron en una ocasión su paga semanal ganándose, eso sí, la consiguiente amonestación cuando llegaron a casa.

Otros, más honestos, subían a las casas. Los sufridos repartidores de carbón subían en sacos de arpillera más de 30 kilos del tan necesario mineral a la espalda. Me impresionaban sus caras y manos completamente negras y sus enrojecidos y fatigados ojos. Lo vaciaban en la carbonera de las cocinas, situada bajo del fregadero, cerca de la cocina bilbaína, fuente imprescindible de energía y calor en aquellos hogares. En aquellos años también nos llegaba el gas, que se usaba básicamente para cocinar. Venía desde unos enormes depósitos en la zona de Zalaeta y la calle Sol. Más de una vez se producían escapes provocando gran alarma social. Con muy buen criterio, quedó reemplazado para uso doméstico por la electricidad, que inicialmente distribuía Unión Eléctrica Coruñesa, sociedad propietaria del extraordinario Ramón Miñones, que terminó su vida vilmente fusilado en el campo de La Rata. Después de su muerte, su empresa se fusionó con Fenosa, dando lugar a la posterior Unión Fenosa, quien regaló a todos sus clientes unas cocinas eléctricas portátiles de dos fuegos.

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COSAS DE COLEGIO

Mi padre fue Jefe de Telégrafos por oposición, como lo fue también su padre. Por razón de sus destinos, viví en Barcelona desde que tenía pañales hasta los 8 años, en el año 1935. Fuimos enormemente felices en aquella ciudad e hicimos excelentes amigos. Por primera vez en nuestras vidas acudimos a un colegio laico y mixto, cosa inaudita en La Coruña, y recibimos un exquisito trato por parte del profesorado. Pero, ¡hay cuando volvimos! Fuimos a un colegio en la calle Rubine, al lado del Ideal Gallego. Sólo niñas, por supuesto. No consigo recordar su nombre, pero allí nos preparaban para el ingreso en la Escuela de Comercio, donde me matriculé posteriormente e hice amigas para toda la vida. Lo que sí recuerdo es lo increíblemente estricta y malhumorada profesora que allí nos impartió las enseñanzas. La Letanía y el Oremus en latín, de rodillas y a base de coscorrones hasta que se recitara bien y de memoria. Hoy, a los 83, puedo repetirlo de corrido, ¿será verdad lo de “la letra con sangre entra”?. Después, un poco de matemáticas, geografía, pero sobre todo, religión y más religión. !Ave Mª purísima! al entrar en clase, y al salir, la Salve cantada también en latín. Con traje negro y hasta los pies, así recuerdo a doña Leonor Regueira No. Así es, ese era su segundo apellido.

Siento asimismo un pinchazo emocional al recordar como, de una manera cotidiana y rutinaria, los colegios privados de religiosos se convertían también en crueles elementos de discriminación social, al habilitar su entrada principal para el acceso de los niños que pagaban y utilizaban uniforme, obligando a los pertenecientes a familias de menos recursos a utilizar, además de uno secundario en el lateral del recinto, diferente salida y horario de recreo. Esta humillación, que entonces considerábamos insustancial, no ocurría en los colegios públicos e institutos.

Permanecen imborrables en mi memoria los nombres de tres maestras ejemplares.

La primera de ellas, mi tía abuela Consuelo Colmelo, maestra destinada en Carballo, donde permaneció 50 años instruyendo a los niños y niñas en los ratos que estos podían excusarse de sus obligaciones en el campo y la economía doméstica. Aún así, nos contaba como se quedaba con ellos horas después del final de las clases para que no se quedaran rezagados. En todo este tiempo, sólo dejó de dar clase un día, y lo hizo, para acudir al entierro de su padre. Fue reconocida con la Orden de Alfonso X.

María Barbeito, una mujer ejemplar y siempre presente en la vida social y cultural de la ciudad, donde inició su actividad como maestra, inspectora escolar e impulsora de instituciones de intenso contenido social. Su fuerte compromiso con la justicia le costó sin embargo su destitución en 1936 y la condena al ostracismo. La ciudad de La Coruña le tributó posteriormente dándole el nombre a la calle que da acceso a la Plaza de María Pita.

Mi tía Carolina, hermana de mi padre, maestra y enfermera. Preparaba para el ingreso y además daba clases de declamación, piano, buenos modales y hasta de encaje de bolillos. Fue una adelantada a su época, modernísima y con mentalidad muy avanzada en temas de injusticias y de derechos de la mujer. Por su casa de la calle Real 13-3º pasaron infinidad de niños y niñas, aunque también algunas señoras. Los viernes a las cinco, recibía a un grupo de ellas que, aunque conocidas y que por supuesto excuso citar, digamos que … presentaban ciertas carencias en su formación. Les enseñaba vocabulario, ortografía, cultura general, y les cultivaba los buenos modales y el saber estar. Hacia el exterior y para mantener las apariencias esa clase de los viernes era, oficialmente, una clase de piano.

Tengo que recordar también lo mucho que se atizaba y se siguió atizando en los colegios. Yo saqué a mi hijo José Ignacio (justo debajo del padre Victor en la foto) de los Dominicos con nueve años porque le aterraba tener como profesor al padre Víctor quien previamente le había destrozado el tímpano a Pío Rascón (justo a la derecha del religioso) de un tortazo. Mi padre había escrito la nota dirigida al religioso cuya postdata fue censurada por mi madre antes de enviarla: “Me imagino que conocerá las razones por las que hemos decidido que mi nieto José Ignacio no vuelva a este colegio. P.D. Puede dedicarse usted a tocar la campana.”

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¡MENUDA PANDA!

La pandilla de mi marido Cheché Abella estuvo muy unida desde la niñez. Yo les tuve muchísimo cariño a todos, aunque de jóvenes eran de armas tomar. Los recuerdo muy bien. Lin Carricarte, simpatiquísimo, le llamaban con sorna el “Mazapulpos”, ya que en el servicio militar asumió con resignación la amarga tarea de golpear los pulpos contra una piedra para que estuvieran más tiernos en el rancho. Pero eso no quedaba así, él se vengaba del mundo cruel satisfaciendo sus necesidades menores contra la tan utilizada piedra. Moncho Rivera, el más osado y atrevido. Recuerdo le obligaban a estar en la casa de Ciudad Jardín a las 10, y claro, Moncho nunca estaba. Sus padres cerraban la puerta y soltaban a los perros, tan fieros que Moncho tenía que plantearse o dormir sentado en la calle, o bien colarse rápidamente por la puerta cuando la criada bajaba la basura. Antonio Malingre, el más deportista, excelente nadador, campeón de waterpolo y experto saltador de trampolín, pero peleón… como él solo. Pepe de Llano, apodado “Bocanegra”, por los infinitos e inauditos tacos que soltaba. Los más formales, dentro de un orden, César Cobián y Manolo Mosquera, el único que queda vivo y con el que me encanta encontrarme por la calle. Joaquín Romay, compañero de waterpolo de mi marido, del que recuerdo una pelea en la que sólo se veían saltar a marineros ingleses que se habían metido con él. Fernando Molina, el “Peras”, un hombre con una capacidad infinita para divertirse y pasárselo bien. Antonio Sánchez Camporro (Antonio Campo en su ámbito de la ópera), educadísimo y de una categoría humana excepcional. Un día me lo encontré paseando un perrito blanco y le pregunté “pero Antonio, ¿y tú, con un perro” a lo que él me contestó “ya ves, mi hija Marta me lo dejó para un fin de semana… ¡hace 4 años!”

Don Narciso Correa, era un hombre con una gran barriga, bastón y popularísimo personaje coruñés. Su voz atiplada y chillona llamaba muchísimo la atención en la terraza del Casino, donde los señores se sentaban a conversar y ver pasar a la gente. Tanto era así, que en algunos despertaba cierta manía. Cuando estos sinvergüenzas se percataban de la presencia de este pobre hombre dirigiéndose hacia el Casino por la calle Real, se sorteaban a quien le tocaba ponerle la zancadilla para enfurecerlo. Les divertía oirle vocear blandiendo su bastón “¡Perillán!” “¡Ya verás cuando te coja!”

Muchos de ellos iban al colegio Dequit: “Kikiriquí, Kikiriquí, todos los burros pasan por allí”. Mi cuñado Alfonso y Tanín Suances solían latar una barbaridad. En una ocasión el cura dio las notas de un examen del día “Alfonso Abella: cero” “Pero señor, si hoy no está”, le dijo un alumno. “Es igual, le queda para mañana”.

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LAS CRIADAS

Las empleadas de hogar de mi época eran habitualmente llamadas “criadas”, supongo que porque empezaban a trabajar analfabetas y en la adolescencia, y lo poco que aprendían en la vida lo hacían ya en las casas para las que trabajaban. Muchas envejecían con las familias y cuando enfermaban, mayores o sin fuerzas, desaparecían. Se iban, ya caducas,  yo que sé a donde, pero desaparecían de nuestras vidas.

Por un mísero sueldo trabajaban de sol a sol y apenas dormían. Mi madre descubrió a una que hasta se ataba la trenza a los barrotes de la cama para no quedarse dormida. Preparaban los desayunos y limpiaban la casa, los cristales, cepillaban el suelo y pulían la madera con un cepillo de púas. Recuerdo como bajaban a determinada hora la basura en unos cubos de zink limpios y brillantes a la esquina, y junto con otras esperaban al camión, que avisaba con un silbato. Iban a la plaza generalmente con la señora de la casa, porque ellas no entendían de precios, llevaban un cesto enorme colgado del brazo, con dos tapaderas. Llegadas a casa empezaba la comida, servir la mesa, fregar todo. Por la tarde el suplicio de la plancha, que era enorme y pesadísima, de brasas (luego vinieron unas más modernas, de hierro, que se ya calentaban en la cocina bilbaína. Mi madre casi tenía que obligarlas a descansar, y las trató con familiaridad, consideración y cariño.  Siempre comieron el mismo menú que el resto de nosotros, circunstancia que por desgracia no era muy habitual en otras casas. Yo mismo tengo el buen recuerdo de enseñar a leer y escribir a dos de las que trabajaron para nosotros y a una, hasta coser a máquina.  Pero visto con la perspectiva actual, eran unas pobres esclavas, pero también me duele comprobar como hoy en día tratan, quizá los que nunca tuvieron servicio doméstico, a las hoy llamadas asistentas de hogar, aunque afortunadamente gocen de una mejor existencia que las de antes.

Nuestra querida Carmen, estuvo con nosotros más de 50 años. La aseguramos cuando le fue otorgado ese derecho. Ahorró toda su vida su asignación y ya de muy mayor pudo comprarse un piso en la calle de La Torre. Después falleció en la residencia del Padre Rubinos, donde íbamos regularmente a visitarla y a llevarla a comer a nuestra casa. Creo que fue feliz y muy querida mientras estuvo con nosotros. Fue incluso premiada con una medalla que le impuso el Instituto de Previsión para aquellas que llevaban más de esos años en la misma casa. En la entrega, recuerdo también a la que trabajó en casa de los Fernández Obanza, saga de médicos y buenos amigos.

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